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Relato juevero: Carta a mí misma

¡Hola de nuevo, criaturillas indefinidas!

Esta vez debo comunicaros que desapareceré durante unas semanas. ¡Toca desconectar! Así que probablemente hasta el primer jueves de septiembre no me apuntaré a los Relatos Jueveros. *Ohhhh* Bueno, bueno... Que tampoco es el fin del mundo, y volveré. Ya lo creo que lo haré, con nuevos relatos, poemillas recopilados, dibujos, música... Mientras tanto, no dudéis en pasaros por el




donde encontraréis todas las entradas almacenadas hasta el momento.

Dicho esto, os dejo con el relato de esta semana... ¡Hasta pronto!


Capítulo 16: ¿Feliz? Año Nuevo



Los siguientes días en el complejo fueron tristes, tanto como unas Navidades sin nieve —típicas Australianas, ¡qué se le iba a hacer!— y tan llenos de preocupación como unas Navidades Australianas en las que nevase.
¿Cómo se podía celebrar la Navidad con tanta Muerte alrededor?
Para mí esa época solía ser feliz, aun dentro de esas riñas que siempre se despiertan con las reuniones familiares. Por regla general solíamos viajar a España para reunirnos, allá en mi ciudad natal, esa en la que hace tanto viento que en invierno la sensación térmica es de -40ºC y en verano llegamos a los 40ºC… ¡y el viento sigue sin parar!, como traído directamente del Sahara. De todas formas es una ciudad bastante tranquila, ni muy grande ni muy pequeña. Un poco seca, aunque tenga río, pero te acostumbras.
Las festividades siempre se viven a lo grande; las alegres charangas colorean las calles, cientos de personas se agolpan en las aceras para ver las procesiones, y cuando hay conciertos tiembla el mismo suelo.
Las de Navidades significan chiringuitos que venden churros, gofres, algodones de azúcar, golosinas y chocolate caliente, situados en la plaza más famosa, aquella en la que se halla la catedral que lleva su nombre. También implican la pista de patinaje que ahí mismo improvisan y el Belén a escala natural. ¡Casi puedo oler a regaliz, humo, frío e incienso! Por supuesto, son imprescindibles el gorro de lana, las bufandas y los guantes, aunque provengas de la helada Rusia; todos mis amigos de Europa del Este siempre han dicho que preferían el frío de allí, pues al menos no hacía tanto viento.
Tampoco faltaban las comidas con unos y otros abuelos, la llegada de mi primo y mi tía que vivían en la otra punta de España. Un par de años atrás, por ejemplo, viajaron con nosotros Mayrah y Eithan. Tuvimos que dejarles ropa de abrigo porque ellos no tenían ni una sola prenda, y la verdad es que fue muy divertido verlos tan tapados. Les enseñamos lo que era el frío de verdad, y un 26 de diciembre exactamente May y yo inventamos una nueva forma de pedir deseos: escribimos en unos papeles aquello que queríamos que se hiciera realidad, los quemamos en una cajita con un mechero y nos subimos a uno de los puentes más bonitos para, juntas, abrir la caja y que las cenizas se las llevara el cierzo.
Sin embargo también había algún año en el que nos quedábamos en Bayron Bay, y claro, entonces los planes se veían modificados ligeramente.







Relato Juevero: Olvidar


 ICE-BERG

—¿Está seguro de que desea hacerlo?
El hombre, reclinado en aquel mullido diván, asintió.
—Usted mismo dijo que aferrarse al pasado no deja vivir el presente, ni mucho menos avanzar hacia el futuro.
—Sí, pero no me refería… a esto. —El psicoanalista abrió y cerró la mano repetidas veces, revelando y ocultando aquella pastilla en cuyo centro se leía: OLVIDO—. Ha de saber que un viaje al subconsciente puede significar un billete de ida, pero no de vuelta.
—Lo sé.
El doctor, sorprendido por su determinación, no se dio cuenta de que había mantenido la palma abierta hasta que él le cogió la pastilla y se la introdujo en la boca; sus iris, azules, cristalinos, brillaban con una cordura nunca vista.
Tragó. Cerró los ojos… y cuando los abrió se encontró en la punta de su iceberg.
Una sonrisa tiró de las comisuras de su boca, y sin pensárselo dos veces descendió. Pronto llegó al borde del agua; ni siquiera se molestó en tomar una bocanada de aire y se sumergió. Le sorprendió la magnitud del hielo, conformado por aquellos detalles de su vida que habían quedado encerrados en su mente, pero no olvidados del todo. Apreció una abertura y se coló en el laberinto de su memoria. Los primeros recuerdos, la mayoría felices, los pasó de largo; fue ante los problemas cuando decidió detenerse, haciendo añicos aquellos que no quería recordar nunca más.
 A medida que los destruía, iba notando las consecuencias de su amnesia auto infligida: ¿Por qué sentía tanto dolor? ¿Dónde nacía su pena? ¿Y su odio? ¿Cuál era el límite entre unos y otros? Incapaz de distinguir las alegrías, se dispuso a destruirlas también. El interior del iceberg se convirtió en hielo picado. Las paredes no pudieron soportar la ausencia de compartimentos, de modo que la presión externa del agua empezó a resquebrajarlas.
Los crujidos se sucedieron y un estallido lo envolvió.
Se había olvidado completamente de quién era… y ya no podía regresar.


Otras entradas que tratan el mismo tema:
Olvido recordar tu recuerdo (poema)

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