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Capítulo 15: Piano Woman





Capítulo 15
Piano Woman
 
Nada más salir del cementerio Ada volvió a organizarnos:
—Vito, Roth, ponedle las tiras del plástico en las muñecas al preso. Lo acompañaréis al refugio inmediatamente. Nosotros cuatro nos dirigiremos al pueblo en busca de objetos que puedan sernos de ayuda, y de paso tú empezarás a habituarte a esta dimensión. Haremos allí noche y volveremos mañana. Vito, coge un mapa y un par de botellas. A él ni agua, y no permitáis que escape... Dame la mochila.
—No, ya la cargo yo —se ofreció Max, tratando de aferrar una de las asas cuando Vito se la pasó a su madre. Ada le dio un tirón y lo taladró con la mirada.
—La llevarás cuando yo mande —y luego añadió entre dientes—: aún no estoy tan vieja...
—De acuerdo —asintió Vito, al son que Roth maniataba a Athan y lo enderezaba para empezar a andar—. ¿Avisamos sobre...?
Enarcó las cejas.
—Sí. Corred la voz sobre lo que acabamos de oír y, por supuesto, avisad de las pérdidas de Jem y Layla. Tranquilizad el ánimo. Cuando volvamos reuniremos de nuevo a los Trece.
—No es buen presagio tantas reuniones en un lapso de tiempo tan corto —Roth escupió a un lado. Athan lo miraba con los ojos entornados, aún enrojecidos por el llanto; dos líneas de lágrimas habían barrido la suciedad de sus mejillas.
—Es lo que hay —replicó Ada. Con una brújula en la mano echó a andar, separándose del grupo—. Vamos. Ya hablaremos mañana. Por el momento, meditad. Y por favor: tened cuidado.
—Vosotros también.
Aquellas fueron las últimas palabras que intercambiamos antes de que nuestros caminos tomasen sentidos opuestos.
Me mantuve andando al lado de Lana, como el día anterior, pensativa, y agradecí que no corriéramos porque me dolía todo el cuerpo. Mientras, madre e hijo caminaban delante de nosotras, marcando la marcha y abriéndonos camino a través de la espesa vegetación que no tenía ni idea de dónde procedía, pues parecía más típica de una selva tropical que del ambiente casi desértico de Australia. De vez en cuando Lana y yo conversábamos, sobre cualquier tema, conociéndonos un poco mejor, y me di cuenta de que me sentía como si estuviera hablando con Mayrah.
La verdad es que ambas eran muy parecidas en algunos aspectos, como por ejemplo el maquillaje extravagante, el pelo moreno (aunque May se tiñiese cada dos por tres del color que le apeteciera en ese momento), su forma de expresión —brusca y vivaz en partes iguales, casi siempre con dobles sentidos, en tono pícaro y mueca burlona—... Por supuesto, se diferenciaban otras muchas facetas: la edad, la altura, la complexión, y mientras que Lana presentaba una manicura perfecta, May solía morderse las uñas.
—¿También eres de Mi Lado? —le preguntaba en ese momento.
Llevábamos una hora y pico andando y el sol picaba nuestras cabezas en aquellos trozos que no estaban cubiertos por las sombras de los árboles.
Lana negó con la cabeza, resuelta.
—Provengo de una ciudad subterránea de Este Lado.
—Ah, claro, aquí la civilización está bajo tierra...
—Civilización lo que se dice civilización...—Sacudió la cabeza, de manera que los muelles de sus rizos se alargaron y contrajeron en un movimiento armónico simple:

Movimiento Armónico Simple y ejemplo
El movimiento armónico simple, también denominado movimiento vibratorio armónico simple, es un movimiento periódico, y vibratorio en ausencia de fricción, producido por la acción de una fuerza recuperadora que es directamente proporcional a la posición, y que queda descrito en función del tiempo por una función senoidal.
Los muelles se comportan como osciladores armónicos cuando los apartamos de su posición de equilibrio. La fuerza elástica o restauradora del muelle es la responsable del movimiento vibratorio, una vez que el muelle se ha apartado de su posición de equilibrio.


—Pero sí, las grandes urbes se encuentran bajo tierra, en distintos niveles.
Ahora entendía a lo que se referían Taylor y Ciaran cuando lo habían comentado.
—¿Cuántos hay?
—Nueve. Cuanto más te adentras, más rica es la gente, hasta llegar a los gobernadores, que son los más altos cargos. Es irónico, porque son los que a más profundidad se encuentran, y antes de que lo preguntes, que te veo las intenciones, yo pertenecía al segundo nivel, siempre contando del exterior al interior y sin contar el Exterior ni el Ante-nivel. Por ejemplo nuestro refugio se encuentra en el Exterior, aunque esté bajo tierra.
—Curioso —fue lo único que alcancé a contestar, analizando una y otra vez la nueva información. ¿Qué clase de tecnología existiría en aquel mundo para conseguir crear hasta nueve niveles bajo tierra? Porque naturales no serían… ¿no?
—Los niveles son los mismos alrededor del mundo, aunque hay cambios de geografía, como por ejemplo zonas en la que hay que cruzar el océano en túneles sumergidos, y varían las ciudades edificadas, como si cada nivel fuera un mundo de los que tú vives en Tu Lado (he visto fotografías). Para entendernos de alguna manera: mientras que en Tu Lado hay un único mapa del mundo, en este hay uno por cada nivel, incluso para el Exterior.
—Pero el Exterior debiera ser una copia del mío, tal y como me hicisteis entender, y las distancias no conc…
—¡Qué pesadita con las distancias, eh! Ya te he dicho que yo no sé nada de eso.
—Es como si todo estuviera dispuesto igual, pero más espaciado —cavilé.
—O quizás te cuesta más llegar a los lugares —opinó ella—. Pero vamos, mi consejo es que te olvides de tratar de comprenderlo todo y que inviertas tus energías en actuar.
—Lo dices como si no supiera dejarme llevar —repliqué, un poco enfurruñada.
Lana me miró con esos ojos castaños y profundos que trataban de clavarse en mi alma; en eso también se parecía a May, ambas tenían unos ojos enjauladores.
—Aún no te conozco lo suficiente, quizás… Sé que para ti es difícil conocernos y dejarte conocer, porque eso implica pasar página e internarte en el que “no” es tu mundo. Pero tienes que adaptarte. Es la clave número uno en la supervivencia.
Suspiré.
—Cada vez comprendo más que no hay ningún mundo que nos pertenezca, excepto nuestras mentes. ¡Y a veces ni eso!
Lana me sonrió.
—¿Entonces estás dispuesta a conocernos y hacerte conocer?
—Llevo intentándolo una semana, ¿no? Pero eso no quita que siga deseando volver con mi familia.
—Por supuesto —asintió, comprensiva—. Cuéntame más de ella, si no se hace demasiado doloroso para ti, claro.
Lo pensé unos segundos y al final acepté, devolviéndole la sonrisa.
Le conté lo cuantísimo que echaba de menos a mi hermana pequeña, quien era una de las luces que iluminaban más intensamente mi vida, sus gustos, lo loca que me volvía a veces, las riñas de cinco minutos, nuestras aficiones juntas, como vernos series de tirón en las vacaciones; también le conté cuánto quería a mis padres, y le confesé que en la biblioteca del refugio contaban con todas sus novelas —lo cual interesó a Lana y ella, a su vez, me confesó que no era muy fan de la lectura—; le conté mi vida en Australia y en España; le hablé de mis amigos, que eran parte de mi familia, y de mis ex-amigos…
Me percaté de que Ada y Max habían reducido la marcha y también escuchaban, de manera que pronto se sumaron a la conversación… aunque más bien yo hablaba y ellos tomaban nota mentalmente, archivando la conversación, de vez en cuando preguntando.
Hicimos una parada para comer y descansar, cerca ya del pueblo. Por el camino nos habíamos cruzado con extrañas criaturas, que afortunadamente no supusieron ningún peligro. Ya en el pueblo, nos dispusimos a allanar casa por casa en busca de objetos interesantes, si bien se trataba de una tarea lenta y tensa, ya que debíamos chequear que no hubiera ninguna sorpresa al otro lado de la esquina.
A eso de las cinco de la tarde llevábamos una bobina de hilo de cobre, varias baterías y pilas, una colección de tornillos —ya decía yo que a esta gente les faltaban unos cuantos… Sorry, chiste malo— que desenroscábamos de cualquier lugar, clavos… Era curioso —o quizás no tanto, y pensándolo bien era lógico—, pues no encontramos ni rastro de comida, ropa, calzado ni armas. ¡Ni siquiera había vajilla!
Para acelerar el proceso, nos separamos por parejas, Max y yo por un lado y Ada y Lana por el otro, quedando en una casa en concreto a la hora de cenar.
—Ale, ¿a qué casa quieres ir ahora? —me preguntó el chico, apoyándose en la pared de la casa que acabábamos de saquear y cruzándose de brazos; su mirada mostraba que sabía cuál sería mi respuesta, pero que quería oírla de mis propios labios.
—A la mía —le di la satisfacción de contestar.
—Perfecto, guíame.
Callejeando por el pueblo abandonado, me embargó una sensación de tristeza, añoranza y desasosiego al mismo tiempo. ¿Aquella era la misma calle que mi familia y yo cruzamos la primera vez que vinimos aquí? ¿Esa tienda saqueada y cubierta de vegetación era la misma a la que May y yo solíamos ir a comprar, a veces pasándonos horas y horas probándonos ropa? ¿Y esa cafetería que ya no era una cafetería?
Cuando llegamos a la playa en la que nos conocimos Eithan y yo, me dio un vuelco al corazón.
Ahí estaba.
“Mi casa.”
 Las paredes blancas se habían cubierto de verdín y plantas trepadoras, los cristales habían sido estallados y el jardín estaba hecho un desastre.
Eché a correr hacia ella.
—¡Crystal! —gritó Max a mi espalda, siguiéndome. También bufó y maldijo, pero no me detuve.
Con el pulso a mil, el sudor quedando atrapado en mis trenzas, recorriéndome el cuero cabelludo, los puños crispados, me dio la impresión de que mi cuerpo había quedado de golpe desentumecido gracias a la carrera improvisada. Respirando con fuerza, no paré hasta que no me encontré en el interior.
—¡Crystal! ¡Es peligroso! ¡Tenemos que comprobar primero que no haya ningún peligro dentro! ¡CRYSTAL!
Cuando me alcanzó, él también sudaba y los cabellos morenos alborotados se le pegaban a la frente.
—Ya doma —dijo, suspirando en un idioma que no comprendí y que no me apetecía preguntarle qué significaba, no fuera que me estuviera insultando o algo parecido.
Mis ojos vagaron por la estancia. La casa constaba de dos plantas. La de abajo suponía un amplio salón que quedaba abierto a una concina de tipo isla, una biblioteca, el despacho en el que solían encerrarse a escribir e idear sus novelas mis padres, y un baño. Una escalera de caracol conducía a los dormitorios, el de mis padres quedaba a la derecha, mientras que a la izquierda estaba el mío y el de mi hermana. También había en esa planta un baño, que tenía una gran bañera, mientras que el otro tenía una ducha a la que diariamente nos tirábamos de cabeza después de surfear. En el garaje, que quedaba en la parte trasera del edificio, como no teníamos coche, guardábamos las tablas y también lo utilizábamos como trastero.
—Bonito salón —opinó Max—. Ya había entrado alguna vez en esta casa, pero mi teoría de sus verdaderos inquilinos distaba bastante de la realidad.
La verdad es que Max tenía una forma perfecta de disolver las tensiones y desviar la conversación.
—¿Qué teoría?
Entonces sí nos pusimos a rastrear como es debido, desenfundando nuestras armas y pegándonos a la pared, mirando hasta debajo de las mesas y los sillones.
La televisión estaba rota en mil pedazos, pero los muebles parecían prácticamente intactos: el sofá, los dos sillones, la mesa del comedor, sus respectivas cuatro sillas… Poco más teníamos. Una capa de grueso polvo y arena lo cubría todo, haciendo que la estancia oliera a abandono.
—Sabía que vivíais un matrimonio con dos hijas. Alguna foto he visto, pero muy de pasada y como están bastante quemadas no te reconocí en ellas. Pensé que erais una familia de espías que se había retirado a las playas del Pacífico a vivir la buena vida. En mi teoría las máquinas de escribir del despacho eran de vosotras y el piano de cola que está en esa esquina —señaló— es de uno de vuestros padres, un virtuoso o virtuosa de la música, con un don en los dedos. Por los libros de astrofísica, etc, que me temo que hemos llevado a nuestra biblioteca, teoricé que también el otro de vuestros padres era astronauta. Una de las hijas (supongo que eres tú, la mayor), es artista debido a los dibujos de su cuarto, y la hermana una skater experta y, como profesión, una asesina a sueldo.
No pude evitar echarme a reír ante semejante historia, relajándome un poco. Max pareció conforme y continuó, siempre hablando entre susurros:
—La primera de las hermanas es bisexual (ahora también sé que eres tú) y la pequeña hermafrodita. Ah, y los padres son como los caballitos de mar, juntos hasta el fin de los tiempos; y como buen caballito de mar, tu padre era quien quedó embarazado de vosotras. Ibais a un instituto especial en el que os enseñaban el oficio de vuestros padres, como un legado familiar, por así decirlo y… ya. Creo que no me olvido nada.
El rastreo de la primera planta finalizó donde había comenzado, en el salón.
—Ahora viene la pregunta más importante… —Dijo, alzando la voz a un volumen normal—. ¿Eres bisexual?
Le propiné una palmada en el brazo.
—Eso no es de tu incumbencia.
Max sonrió —Hola, L— y se encogió de hombros.
—Lo tomaré como un sí.
—¿No se te ocurre una pregunta mejor?
—Hombre… Perdona, no, mujer. ¡Mujer! Lo de los caballitos de mar y el hermafroditismo sabía que eran un 99% imposibles. Pero bueno, ya que insistes… ¿Quién es la que toca el piano?
Nos acercamos al gran piano de cola blanco. Recordé lo gigantesco que nos parecía a mi hermana y a mí cuando éramos pequeñas. Fue un regalo familiar, correspondiente al testimonio de mi bisabuelo, que vivía en Viena y era un gran pianista. Precisamente nos lo envió desde allí a Australia, casi en la misma época de adaptación en la que estábamos nosotros sumidos. ¿Por qué nosotras? Seguramente porque cuando éramos pequeñas y fuimos a visitarlo, vio el don de Noa cuando ella se sentó en esa butaca con solo 5 años.
—Es Noa la que toca. —Volví a sentir un pinchazo en el pecho al acordarme de mi hermana—. ¿Sabes? Ella es una mente privilegiada capaz de tocar el Para Elisa con los ojos cerrados y, sin embargo, suspende los exámenes porque antes que estudiar lo que le apetece es ir a patinar con sus amigos. —Recorrí con los dedos la superficie llena de polvo de las teclas, sin atreverme a presionarlas por miedo a que el sonido revelase nuestra situación—. Noa es una mente privilegiada encerrada en las nubes.
Noté a Max a mi lado, vibrante, pues por alguna extraña razón su temple había desaparecido por completo.
—Si está en las nubes, ¿por qué está encerrada? —inquirió, pasando los dedos por el rastro que habían dejado los míos—. ¿No estaría libre?
Ladeé un poco la cabeza para mirarlo.
—No lo había pensado de esa manera.
—Quizás es eso lo que la hace extraordinaria. Su libertad. —Detuvo la mano justo antes de que se encontrase con la mía y entonces subió la mirada, que chispeaba—. ¿Y tú no te sabes ninguna canción?
Empecé a comprender a qué se debía su entusiasmo contenido.
—Bueno, alguna cortita sí… ¿Pero no será peligroso con los monstruos merodeando por aquí? —Chasqueé la lengua.
Max negó rápidamente con la cabeza y me empujó para que me sentase en la butaca.
—Estoy seguro de que les gustará.
Luego se acomodó a mi lado, repiqueteando con los dedos sobre las rodillas como un niño impaciente que espera a que empiece un espectáculo.
Respiré hondo. Hacía mucho tiempo que no tocaba, puesto que al ver con admiración cómo, con el paso de los años, el talento de mi hermana emergía, decidí retirarme y dedicarme a mis propios talentos, como dibujar y escribir, mientras las manos de Noa me inspiraban las mejores escenas.
Me costó arrancar, primero porque no me decidía sobre qué canción debía interpretar, y después por la falta de práctica. Sin embargo eso a Max no pareció importarle, y escuchó con ojos atentos el movimiento de mis dedos, que marcaban las teclas al quedarse ellos manchados de polvo.
Cerré los párpados y me dejé llevar.
Recordaba ese momento de empezar a aprender una canción, cuando necesitaba sí o sí la partitura, y luego cómo, una vez aprendida, mi cerebro parecía haber escaneado dicha partitura y las notas me salían solas, sin mirar, sin pensar. Lo mismo me sucedía con las corografías. A Noa se le sumaba, además, la capacidad de componer sus propias canciones.
Mis dedos se deslizaban solos, como con vida propia, y mi cuerpo se mecía a su son.
Entonces, finalizó la canción.
—Guao, te preguntaría qué canción era, pero no entiendo de música.
Max se retiró el flequillo de los ojos, que le brillaban de emoción.
—¿No hay reproductores de música?
—En nuestro refugio no hay electricidad, por si no te has dado cuenta —replicó con obviedad— y, por ende, en el Exterior tampoco. Las lámparas son de gas, cocinamos con fuego… Al menos el agua de las duchas proviene de la fuente termal y es caliente.
Chasqueé la lengua.
—No me has respondido; no hace falta electricidad para que haya reproductores de música.
Max sonrió.
—Cierto. Pero no hemos encontrado ningún tocadiscos que no estuviera dañado.
Colocó las manos en las teclas que yo había presionado, siguiendo las huellas que habían quedado sobre el polvo. Sin embargo, había tantas que era prácticamente imposible seguir un orden. Yo mantuve las mías sobre mi regazo, observando cómo él movía los dedos, casi temblando, sin atreverse a presionar ni una sola nota.
—¿Y en los niveles inferiores?
—Sí, ahí sí hay electricidad… Y música. Sobre todo para los más privilegiados. También existen los artistas y las voces predilectas. No es muy distinto Mi Mundo al tuyo, en ese sentido.
—En general no son muy distintos… ¿Podemos subir arriba?
—Por supuesto.
Volvimos a levantarnos para subir las escaleras a la planta superior. Dolía mucho ver todo tan destrozado, tan oscuro, tan carente de vida; es como si no fuera mi casa. Entramos en mi habitación y me puse frente al espejo, ese cristal oscuro que parecía agua emponzoñada. Vi que Max se situaba detrás de mí, cubriéndome las espaldas, y dejé que mi vista vagara por el reflejo de la habitación. La cama, las estanterías, el gran ventanal tapado por tablas con clavos para que no se viera ni un resquicio del exterior, los pósters, los dibujos medio pegados en las paredes con las esquinas dobladas y cayendo lánguidas hacia delante, como alas de pájaros. Y al lado del biombo, una sombra.
Achiqué los ojos para comprobar que no habían sido imaginaciones mías y me di cuenta de que tenía forma humanoide.
Era un ser larguirucho, vestido con un peto holgado que le marcaba una tripa considerable. La tela del peto estaba atada por delante con tres botones grandes y rojos como manzanas, y mientras que las mangas eran de color negro, el resto presentaba un color blanco sucio. Calzaba unos zapatones grandes como de payaso, y alrededor del cuello mostraba una gorguera apergaminada manchada por un reguero de gotas carmesís. Tenía el cabello negro y pegado al cráneo, como si estuviera mojado. Las facciones de su cara estaban desfiguradas en una sonrisa que helaba la sangre, pues de lado a lado de la mandíbula lo único que se veía era negro mezclado con rojo y, en el centro, una hilera de cuatro dientes amarillentos. La nariz era roja como la guinda de un pastel y los ojos parecían dos farolillos, redondos, con el iris verde, la pupila blanca y la esclerótica negra. Los párpados inferiores y superiores habían sido cortados arriba y abajo, dando la sensación de soles negros, pero él seguía sonriendo.
Y me miraba.
Yo sabía que me miraba a mí directamente.
—Hay alguien detrás de nosotros… —susurré.
Mis ojos estaban clavados en el reflejo del payaso, pero sabía que Max seguía mirándome a mí. Ni siquiera había separado la vista de mi reflejo para comprobarlo cuando dijo:
—No hay nadie detrás, Crystal.
Me giré poco a poco, queriendo creer sus palabras. «¡­­Sí que lo hay, Max! —Me gritaba un sexto sentido—. Está justo detrás de nosotros, al lado del biombo…» Pero no dije nada; tenía el miedo atascado en la garganta y el corazón bombeaba tan fuerte en mi cabeza como para que pudiera pensar en cualquier otra cosa. «Un payaso tenía que ser. Un puto y diabólico payaso…»
Me giré.
—Uffff, tienes razón, Max, no hay nadie.
Me volví de nuevo al espejo, suspirando de alivio, y fijé mi atención de nuevo en el cristal, pensando que el reflejo del payaso habría desaparecido.
En parte acerté: el payaso ya no estaba al lado del biombo, ­­­­­sino en frente de mí, como si fuera él mi reflejo.
Grité con todas mis fuerzas y me eché hacia atrás, topándome con los brazos de Max. Él no se lo esperaba y caímos al suelo, en una maraña de brazos y piernas. Me retorcí, intentando escapar. Max me placó y me sujetó. Me arañé el brazo con la superficie astillada del suelo, pero aun así continué moviéndome, tratando de zafarme del cuerpo de Max.
—Tsss, tsss, Crystal, tranquilízate…
Me di cuenta de estaba llorando y temblando de puro terror. Sin embargo, Max no me abrazó ni trató de calmarme con dulzura, sino que se limitó a sujetarme contra el suelo; su voz era fría e impasible, sus brazos hacían sobre mí el mismo efecto que una camisa de contención y me sorprendió la fuerza que tenía aun con lo delgado que era.
—¿Qué has visto? —se limitó a preguntarme.
—U-un payaso horrible.
Me sentí furiosa por estar llorando delante de él, y me esforcé en detener el llanto. Me deshice de él con un empujón y un: quítate de encima.
—¿Te dan miedo los payasos?
—Sobre todo de pequeña... ¡Y deja ya de tocarme, que no voy a salir corriendo, maldito insensible!
A Max no le pareció afectarle en absoluto mis palabras y se sacudió el polvo de los pantalones una vez estuvo de pie.
—Muchos de los monstruos que hay encerrados en esta casa son vuestros peores temores: los monstruos de la infancia, las pesadillas...
El Miedo. Siempre me habían dado miedo las muñecas y los payasos. Temer no temía a la muerte y mi prima Ana, un año más mayor que yo, me explicó este Halloween la teoría filosófica de Epicuro. Su Tetrafarmakon era más que lógico, pero Epicuro se limitaba al dolor físico, no al mental. Yo nunca he podido ver escenas de tortura a personas y se me revuelve el estómago al ver las noticias. Sea como sea, no me gusta el dolor psíquico, pues es peor que el corporal.
Y estar en ese Otro Lado era enfrentarme a mi mente minuto tras minuto. Imaginaos, tener que aguantar las ansias de quedarte en una esquina de la habitación del complejo a llorar y a taparte los oídos, pero que tu parte de supervivencia rechace por completo esas ganas de inacción y te obligue a levantarte, a secarte las lágrimas y a sobrevivir. A adaptarte. Que no te deje olvidar de donde provienes, lo cual duele, y te haga necesario recordar en todo momento que quieres volver a ese lugar, haciéndote ver que para ello tienes que continuar con vida.
—¿Qué? ¿Nos vamos? —me apuró Max—. Hemos quedado con Ada y Lana en un cuarto de ho…
—Sí, vámonos —agarré uno de los blocs de dibujo y mis pinturas y salí por la puerta. En el fondo entendía que a Max no le tuvieran por qué importar mis sentimientos, pero me molestaba su insensibilidad.
Nos reencontramos con las mujeres en el lugar acordado (sí, 8 minutos tarde, ojos en blanco) y emprendimos la vuelta de nuevo. No me apetecía hablar, y a Lana le costó darse por vencida, intentando entablar conversación. Ada interrogó a su hijo con la mirada y él negó con la cabeza, neutro. Caminábamos por el linde del bosque, con la playa a la izquierda, siempre de arena escarlata, el cielo azul ciclotímico y el océano negro en contraste.
En un par de horas se haría de noche.

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