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Capítulo 13: Monstruos



El sábado por la mañana fui anulada de todas mis tareas, de modo que mientras esperaba a que Ada avisase al grupo a que nos marchásemos, decidí matar el tiempo en el laboratorio. Matar el tiempo… o, mejor dicho, rematar bichillos muertos que Zoon dejaba sobre su mesa de trabajo para diseccionarlos.
Me resultaban fascinantes todas aquellas criaturas, al mismo tiempo que me daban un poquito de repelús, pero no por el hecho en sí de abrirles el canal y remover entre sus entrañas para desentrañar su anatomía, sino porque me los imaginaba vivitos y coleando y, sinceramente, los prefería muertos —al menos así tenía la seguridad de que no me atacarían.
Ya había hecho prácticas de ese tipo en el laboratorio del instituto, y siempre me habían gustado bastante. Es completamente errónea la idea de que todas las mujeres no nos atrevemos a coger un cuchillo y abrirle el canal a una rana, al igual que lo es que a los chicos les encante este tipo de actividades; he llegado a ver cómo varios compañeros se ponían verdes nada más atisbar una gota de sangre. Es cuestión de tener estómago. ¡Y qué mejor cuando sacas los intestinos del animalillo y encuentras su estómago! Así cuentas con dos estómagos.
Zoon me había enseñado a llevar a cabo un procedimiento muy riguroso antes, mientras y después del experimento. Debía ponerme unos guantes para maniobrar, pues algunos cuerpos contenían sustancias altamente peligrosas si entraban en contacto con la piel. Unas gafas protectoras tampoco venían mal, y si no quería acabar manchada de pies a cabeza con fluidos indeseados, debía cubrirme con una especie de delantal de plástico que al terminar la sesión parecía un cuadro de Jackson Pollock. Debía asegurarme de tener todo el instrumental a mano y listo para su uso. La criaturilla que fuera estaría amarrada a la mesa para mantenerse en todo momento en su lugar, y la apuntaría una lámpara para verlo todo con todo detalle. Entonces, ya podría empezar.
Cortaría, separaría, enumerando órganos y memorizando características. Luego limpiaría los instrumentos y los dejaría en su sitio, me quitaría los guantes y dibujaría en un cuaderno de bitácora todo lo que había visto, anotando hasta el último detalle. Una vez esquematizado, volvería a colocarme los guantes y continuaría investigando. Haría análisis, extraería sangre, miraría a través de los microscopios… Así hasta estar satisfecha de ese primer estudio. ¡Me sentía como Leonardo Da Vinci!
En ese momento estaba trabajando con una criatura del tamaño de mi mano que tenía cuerpo de roedor, patas de lagarto y cabeza de insecto. De su vientre abierto de par en par emergía un olor similar a la hierba mojada por el rocío mañanero, y pude comprobar que poseía un aparato circulatorio de color verde oscuro; en vez de venas parecía tener tallos espinosos que terminaban en hojas cubiertas de capilares. Dichas ramificaciones unían dos corazones rojos tal rosas florecidas, y acerqué el cuchillo para cortar uno de ellos y poder estudiarlo con más detenimiento en otra bandeja. Después me fijé en que no había pulmones, por lo que supuse que respiraba por difusión. Sin embargo, los aparatos digestivo y excretor eran iguales que los de los mamíferos; estaba el hígado, los riñones, los intestinos, el estómago…
—Ada ha avisado que en 15 minutos debéis estar reunidos en el vestíbulo —Zoon entró en el laboratorio, siseando a través de una sonrisa—. ¿Qué tal vas con la Dama de corazones?
Me hice a un lado para que examinase mi trabajo y pude comprobar con satisfacción como asentía.
—¡Bien! Lávate, busca la ficha en el cuaderno y complétala. Ahora te tomaré el relevo.
Me retiré de la mesa a hacer lo que me decía. Trabajar con Zoon era una de las pocas tareas que de verdad me gustaban realizar en la instalación subterránea, pues me obligaba a centrar la mente en una sola actividad, algo que no me permitía el limpiar los baños, por ejemplo.
Dama de corazones, Dama de corazones… ¡Ah! Aquí está —Me había quitado los guantes y el delantal y por fin había encontrado en el cuaderno la página en cuestión—. Si ésta es la criatura femenina, ¿cómo llamas a la masculina? —Inquirí, mientras garabateaba rápidamente la información complementaria a la que ya estaba escrita.
El Rey de diamantes, pues en vez de corazones, tiene diamantes.
—¿En serio?
—En serio. Por eso son tan difíciles de encontrar. Los Cazadores de Tesoros los aniquilan para conseguir las piedras preciosas, de modo que hoy en día están en peligro de extinción.
—¿Y cómo es posible que un ser vivo sobreviva con diamantes como corazones?
Me giré en cuanto terminé.
Zoon se encogió de hombros.
—Las Damas de corazones tienen rosas como corazones. Los Reyes de diamantes tienen diamantes como corazones. ¿Sabes cuando usas la lógica sin más? Pues es esto. Una auténtica aberración.
—Pero si fuera lógico, las Damas de corazones deberían tener corazones como corazones, no rosas.
—Por eso, esto es ilógico.
Solté una carcajada.
—¡Entonces no tiene sentido la pregunta que has formulado!
Zoon me apuntó con un dedo terminado en una uña morada y afilada.
—No, lo que no tiene sentido es que en este caso la respuesta a la pregunta que he formulado (o sea, que esto es una aberración) tenga sentido, porque se trata de una situación ilógica.
—Bueno… Me voy ya o llegaré tarde… ¡Gracias por dejarme trabajar en el laboratorio, Zoon! ¡Nos vemos a la vuelta!
Me despedí de él agitando la mano mientras abandonaba el laboratorio. Miré un momento el reloj, percatándome de que eran las 7:36, y aceleré el pasó para llegar puntual al recibidor.
—Ale, ya estamos casi todos —exclamó Lana cuando llegué al punto de encuentro.
En total eran 7 rastreadores: Ada, Roth, Lana, Vito, Max, y un hombre y una mujer que aún no conocía, aunque esta vez también los acompañaríamos Athan y yo.
—Hum, ahí llegan Max y Roth con el preso—señaló Vito hacia uno de los      pasadizos—. La única que falta es Ad…
—¿Estáis todos preparados?
Ada hizo su aparición a las 7:45 en punto, seguida de Ángela y de Taylor, que nos despedirían en las escaleras.
Observé al extraño grupo que formábamos. Todos íbamos vestidos de negro, prácticamente con el mismo uniforme. Como en aquel lugar no parecía existir la ropa interior —aunque yo guardaba en mi habitación a buen recaudo mi bikini—, para sujetarnos el pecho las mujeres llevábamos atada bajo la camiseta una especie de banda que nos hacía parecer prácticamente planas, y en la parte inferior simplemente nos cubría el pantalón. De todas maneras no podíamos quejarnos: si bien la banda no resultaba atractiva, no nos asfixiaba y permitía movernos y correr con agilidad, como si en realidad no llevásemos nada.
De todos nosotros el que me llamó la atención fue Athan. Tenía un aspecto deplorable, lleno de sangre seca, tierra, sudor… Su cabello rubio parecía moreno, y lo único que resaltaba en una imagen tan oscura eran sus ojos azules, iguales a los de mi Athan pero completamente distintos. Entonces entendí el porqué se suele decir que los ojos son el reflejo del alma: dos personas pueden tener exactamente los mismos ojos, la mismas motas de color en los irises, las mismas pupilas, y en cambio mirar completamente distinto.
—De acuerdo… Éste es plan —se dispuso a explicarnos Adelaida, rompiendo mis pensamientos—: La misión se dividirá en 2-3 días. Nos llevará más o menos una jornada llegar a la Cabaña del Caracol para pasar la noche, contando los encuentros indeseados del camino y los enfrentamientos. En cuanto se vean los primeros rayos de luz, nos levantaremos, desayunaremos y nos pondremos en marcha hasta el lugar establecido —me percaté de su deliberada ocultación del nombre del lugar—. Calculo que tardaremos 3 horas, también asumiendo los posibles incidentes. A las 12 en punto ocurrirá el intercambio. Una vez finalizado, volveremos por la ciudad. Si oscureciese antes de llegar aquí, nos refugiaríamos en una de las casas y ya al tercer día volveríamos. Si no, al segundo día nos veremos de nuevo. ¿Alguna pregunta?
Sí, yo tenía muchas. No entendía de qué encuentro ni intercambio hablaba, aunque estaba claro como el agua que tenía que ver con Athan, ni a dónde nos dirigíamos para que salieran semejantes cuentas, pero me mordí la lengua.
—Yo tengo una pregunta… ¿Cómo podéis resultar tan imbéciles?
La voz de Athan sonaba pastosa, irónica y amarga.
El ambiente se tensó como la cuerda de un violín, pero Ada relajó la situación rápidamente dando dos pasos hacia él y propinándole un certero puñetazo que le reabrió una herida en el labio.
—¿Algo más? —nos miró a todos.
Athan escupió a un lado una mezcla de saliva y sangre, pero se mantuvo callado, mirándole con odio.
       —Perfecto… Nos veremos antes de Noche Vieja —se dirigió por última vez a Taylor y Ángela.

       Sin embargo, nos hizo un ademán para que nosotros saliéramos primero al exterior, y ella fue la que cerró la trampilla tras nosotros cuando subimos al polideportivo del instituto.Volvimos a cruzar los edificios en ruinas y nos internamos en el bosque.
       El sol brillaba en lo alto del cielo, haciendo resplandecer las hojas de los árboles como si el paisaje hubiera sido extraído de un cuento de hadas y no de uno de terror. Al principio me sentí ahogada al poder respirar tanto aire libre de golpe, pudiendo llenar mis pulmones de oxígeno puro y me ocurrió lo contrario a lo que me había sucedido aquella semana bajo tierra: me embargó el temor a los espacios abiertos.
       —Parémonos un momento para acostumbrarnos de nuevo al exterior —Ada nos hizo detenernos en un pequeño claro circular de cinco metros de radio—. La novata no es la única que necesita respirar —señaló a varios de sus compañeros, que también parecían un poco mareados, y se lo agradecí en silencio.
Tenía los sentidos abotargados y notaba que todo daba vueltas a mi alrededor, pero con transcurso de los segundos se me pasó.
—Yo ya est…
—Tranquila —me interrumpió—. Más vale que te recuperes ahora, para llevar una buena marcha el resto del día, a que en 5 minutos caigas desfallecida.
Se volvió hacia Vito para estudiar una serie de mapas éste que había desplegado sobre una roca. Mientras tanto, vi que los demás calentaban los músculos y se movían de un lado a otro para recuperar la agilidad de antes. Los imité, regulando la respiración con cada movimiento para bajar mis pulsaciones, y me mentalicé para la larga jornada que nos esperaba, tan concentrada que no me di cuenta de que Lana se había acercado.
—¿Por qué calientas así? —inquirió, frunciendo sus perfectas cejas depiladas.
—Ah, es que he hecho ballet durante muchos años y son los ejercicios que más me ayudan a prepararme...
Se rió por alguna razón que no comprendí, mientras negaba con la cabeza, y al final me preguntó:
—¿Me enseñas algunos?
Únicamente me dio tiempo a enseñarle un par, pues en seguida nos pusimos en movimiento.
Marchábamos sin pausa pero sin prisa, abriéndonos paso entre la espesura intentando hacer el mínimo ruido; trataba de orientarme, pero ese bosque parecía completamente distinto al que yo conocía, así que simplemente me dejé llevar.
Entonces Vito, que iba en cabeza, se detuvo de pronto.
—Hoy hay movimiento en el hormiguero, Ada.
La jefa sacudió levemente la cabeza, sopesando lo que fuera que querían decir esas palabras.
—Da igual. Tenemos que pasar. Además, no nos harán nada si no las molestamos… Y si han salido es porque han encontrado comida y están ocupadas.
Me pregunté qué importancia podían tener unas hormigas fuera de su hormiguero y ¡ay de Noa si hubiera estado en mi lugar!
Lo primero que vi fue que habíamos pasado a encontrarnos en una especia de puente de madera de 10 metros de ancho que se abría paso entre la vegetación hasta perderse de vista. Después, oí el golpeteo de las patas moviéndose sobre su superficie. Por último, un cuerpo de 3 metros de largo y casi 2 de alto nos empujó a un lado para quitarnos de su camino.
God forbid!
A la hormiga gigante le siguió otra que también pasó rozándonos pero que, como su socia, nos ignoró completamente. Para mi espanto y al mismo tiempo fascinación, pude comprobar que ese camino servía de carretera de dos sentidos, y que nosotros tomábamos el sentido hacia lo que fuera que había despertado al hormiguero.
—Quiero una fila de dos por el centro, ¿entendido? Roth, encárgate del preso —nos organizó Ada—. Si no hacéis movimientos bruscos no tiene por qué pasar nada pero, ya sabéis, tened las armas preparadas por si acaso.
Lana y yo nos colocamos justo detrás de Max y la otra rastreadora.
Poco a poco comenzamos a avanzar.
Se notaba la tensión en el ambiente, la alerta constante, pero las hormigas no parecían mostrar el mínimo interés en nosotros. Eran impresionantes, con el exoesqueleto negruzco brillante como corazas, las patas articuladas moviéndose con rapidez... Se oía el clic clic de sus pinzas, constante. El golpeteo contra la madera...



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... Noa se habría muerto de terror nada más verlas. ¡O a saber! Igual le habrían encantado y se habría propuesto domesticar alguna...
Tardamos alrededor de una hora y media hasta que vimos que las hormigas se desviaban de la viga y se internaban en un hueco entre la vegetación, donde parecían desmembrar poco a poco a una criatura muerta que tenía el tamaño de un camión; al olor de la hierba mojada, madera y tierra ahora se le sumaba uno desagradable como a huevos podridos.
—¡Puaj! —se quejó Lana, tapándose la boca y la nariz con un pañuelo. Aunque fue la única que se atrevió a manifestarlo en voz alta, todos compartíamos su opinión.
Otra hora después ya habíamos dejado el camino de madera y comenzábamos a correr. Era una marcha suave, pero con el paso del tiempo comenzó a notarse en todos los músculos, en los gemelos, los hombros, los costados... en el sudor que discurría por nuestra piel, pegando la tela a nuestro cuerpo y empapando el cabello. Yo me lo había recogido en numerosas trenzas de raíz que se pegaban a mi cráneo para que no me molestasen, y con cada zancada notaba los extremos golpear contra mis hombros.
A media mañana hicimos una "parada" para comer, y lo digo así, entrecomillado, porque en realidad no paramos. Simplemente caminamos. Recuperamos un poco el aliento y las fuerzas, y en seguida continuamos corriendo. No cabía en mi cabeza el lugar al que nos dirigíamos. ¿De dónde salía un bosque tan espeso y una distancia tan enorme? Byron Bay no era tan grande...
A eso de las seis de la tarde volvimos a bajar el ritmo.
—Vamos perfectamente de tiempo —nos informó Ada, mientras se secaba el sudor de la frente y reducía la marcha; aun con su edad, parecía tan en forma como el resto del equipo—. Si continuamos así habremos llegado a la Cabaña antes de que anochezca.
Observé cómo se movía, como si estuviera en su elemento, como si fuera consciente de todo lo que le rodeaba.
—¿Dónde está esa Cabaña? —le pregunté a Lana en voz baja.
—Por el camino que estamos tomando, ¡por dónde si no! —se limitó a contestar.
Oh, great, si no iba a soltar prenda sobre el lugar...
—¿Y de qué intercambio habla Adelaida?
—Ya lo verás —esta vez respondió la misma Adelaida, haciéndome ruborizar hasta las puntas de las orejas.
El grupo entero se rió excepto Athan, que me atravesó con su mirada como si me odiase desde lo más profundo de su alma.
—Me da la sensación de que todo lo que me decís está jibarizado —me quejé a mi compañera.
—¿Jibaqué? —preguntó Vito, que se había colocado a nuestro lado.
—Jibarizado. Una metáfora que alude a la práctica de los pueblos jíbaros de cortar cabezas y reducirlas.
Lana chasqueó la lengua.
—O sea, que lo que te contamos lo estás comparando con cabezas reducidas… Preciosa metáfora.
Gracias, pero no puedo apropiármela. La primera vez que se la oí decir a alguien fue a mi profesor de filosofía.
—Bueno, pero para nosotros tú eres la primera que lo dice, y aunque seas tan sumamente ilustradora, me resulta ofensivo. Si te jibarizamos la información es para que la sintetices con más rapidez. De nada.
Una parte de mí sabía que tenía razón, pero nunca me ha gustado ser ignorante.
—Bueno, pues si no queréis hablar de esta secreta misión igual podríais resolverme algunas dudas, como en dónde nos encontramos exactamente. Conozco Byron Bay como la palma de mi mano, y las distancias no concuerdan con los planos de mi cabeza.
Me di unos golpecitos en la sien con la punta de los dedos para dar énfasis a mis palabras.
Lana puso los ojos en blanco.
—¡Y yo qué sé! Pertenezco a este mundo, no al tuyo, aunque por lo que te han dicho y redicho ya deberías haber asimilado que hay zonas exactamente iguales y otras que no tienen ni punto de comparación. Además —hizo una pausa para dirigirme una inquietante sonrisa—, pensé que te interesaría más saber de biología que de geografía.
Me encogí de hombros.
—Las hormigas no han sido para tanto —repuse.
Ella rió de buena gana.
—Aún no has visto nada...
Y como si estuviera planeado, se oyó un grito.
Mi primer instinto fue tensarme para echar a correr, pero luego me di cuenta de que la que había gritado era una de las rastreadoras.
Todos los que nos encontrábamos más atrasados llegamos a su altura rápidamente.
Ante nosotros había un cuerpo tendido en la hierba. Sabía que era humanoide por la forma de su cuerpo: dos brazos, dos piernas, tronco, cabeza... Pero ahí acababan las similitudes. Quien quiera que  fuera se encontraba enteramente cubierto por una especie de mucosidad, de manera que su piel tenía un aspecto amarillento y viscoso. Su ropa estaba hecha girones y la carne estaba hinchada, haciéndolo parecer un muñeco de cera. Su cara estaba completamente deformada, como si hubieran pasado una sierra por ella. ¿Qué clase de criatura había provocado aquello?
—Tenemos que llegar al refugio cuanto antes —dijo Ada, y comenzamos de nuevo a correr.
Noté que aquella marcha fue la más rápida de todas, y estaba exhausta cuando por fin llegamos a la cabaña que habían nombrado antes. Sin embargo, no era una cabaña. La estructura tenía una forma extraña, enorme y redondeada, y las paredes curvas parecían compuestas de una especie de mineral marrón oscuro estriado.
—Asegurémonos que ahí estaremos a salvo... Roth, Max, quedaos con Athan fuera mientras tanto.
Tras las órdenes de Ada, el resto nos acercamos, tensos, a la espera de que cualquier cosa pudiera aparecer. La abertura se encontraba justo en frente de nosotros, también redondeada.
¿El plan era pasar allí la noche? Me daba mala espina, muy mala espina...
Poco a poco fuimos entrando. Después de cada pisada se oía como un chapoteo, seguida de algunos crujidos. Como el interior estaba oscuro, Vito repartió entre nosotros una linterna por parejas que guardaba en la mochila, y a medida que las luces se iban encendiendo, nos dimos cuenta de que todo estaba plagado de caracoles pegados en las paredes, el suelo...
—Esto no me gusta —manifestó Lana a mi lado—. No recuerdo el lugar de esta manera la última vez que vinimos, la verdad...
Intentábamos no pisar ningún animalillo, pero era inevitable. Se oía crash, crash, crash cada vez que pisábamos alguno, cada vez que sus cáscaras se rompían y los cuerpos viscosos de los moluscos se pegaban a las suelas del calzado. Era una sensación muy desasosegante. Notábamos cómo los vivos se movían muy lentamente, creando una impresión extraña, como si el tiempo discurriera más despacio; se movían en la misma dirección que nosotros, acompañándonos... ¿Cuándo se iba a acabar ese pasillo?
Crash,
        crash,
                  crash...
Era horrible pisar a los caracoles. Notar cómo estallaban sus cáscaras bajo nuestro peso, cómo aplastábamos sus órganos...
Se oyó algo enorme deslizándose. Un chapoteo. Entonces, una enorme masa se propulsó desde la curva, que cada vez se había pronunciado más, estrechando el pasillo, y rodeó a la rastreadora que iba en cabeza de una sola vez.
No le dio tiempo a gritar.
Su cuerpo cayó al suelo y aquella monstruosidad la arrastró hacia el interior.
—¡Corred! —bramó Ada, empujándonos a retroceder.
Lana tiró de mí rápidamente, obligándome a darme la vuelta, y no quise mirar atrás. Corrimos todo lo rápido que pudimos, sin siquiera atender adónde pisábamos...

Crash                                                                                                                  crasH
        crash                                                                                               crash
                  crash                                                                          crash
                              crash                                                  crash
                                          crash                          crash
                                                     crash   crash

Volvió a oírse aquel deslizamiento. Lana y yo llegamos las primeras al exterior, gritándole a Roth, Max y Athan que pusieran pies en polvorosa. Luego cruzaron Vito y Ada. La enorme masa verdusca y amarillenta hizo de nuevo su aparición, rodeando al último rastreador, que se había quedado demasiado rezagado. Ada hizo ademán de darse la vuelta para tratar de salvarlo, pero su hijo llegó a su lado rápidamente y, haciendo de tripas corazón, la agarró y la arrastró en sentido contrario. Ada blasfemó algo en un idioma que no logré identificar y continuó corriendo. Nos internamos de nuevo en la espesura y no nos detuvimos hasta que no hubo pasado una media hora larga.
—¿Qué... era... eso? —pregunté, jadeante, echándome hacia delante para sujetarme las temblorosas rodillas.
Ada sacudió la cabeza, impulsando su trenza sobre el otro hombro.
—Un... caracol gigante... —Respiró hondo antes de proseguir—. Hace meses que dejó su cáscara vacía, pero al parecer ha decidido volver...
Miró con gravedad al resto de los presentes.
—Los... caracoles... no sobreviven sin concha —argumenté. ¡Aquello no tenía ni pies ni cabeza!—. Es parte... de su manto... Y sin ella... no sobreviven... —repetí, negando con la cabeza.
Max se acercó.
—¡Pues eso, listilla, era un caracol! ¡Un caracol de este mundo! Y aquí sí que pueden cambiar de concha, y les encantan los humanos.
Me estremecí.
—¡Dejad de discutir sobre tonterías! —bramó su madre—. Hemos perdido a Layla y a Jem... Tenemos que buscar un refugio nuevo para pasar la noche.
Y como si el tema estuviera zanjado, le hizo un nuevo gesto a Vito para que sacase de nuevo el plano.
Miré el reloj.
Eran las siete y veintitrés.
Las íbamos a pasar canutas hasta encontrar lo que buscábamos.



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