TRADUCTOR

Capítulo 6: El Otro Yo


Capítulo 6
El Otro Yo

Fui lo suficientemente rápida como para situar la tabla de surf delante de mí, de modo que el filo del hacha quedó clavado en ella a escasos centímetros entre mis ojos, atravesando la madera de lado a lado y frenado justo a tiempo.
Recuperándome de la impresión, dejé caer la tabla y sin pensármelo dos veces eché a correr en dirección contraria. «¿Qué hacía Eithan con un hacha?» Era una de las múltiples preguntas que rondaban por mi cabeza, como: «¿Qué hacía Eithan lanzándome un hacha?»
Sin embargo, no fui lo suficientemente rápida corriendo, y a los escasos segundos él me alcanzó.
Mi cuerpo quedó completamente atrapado bajo el suyo y podría decirse casi literal que besé el suelo.
Vale, lo admito: siempre me había imaginado escenas en las que Eithan y yo nos podríamos besar, pero nunca se me había ocurrido que pasase nada como esto.
“Eithan” me empujó más hacia abajo, colocando una de sus grandes manos en mi cabeza para que apoyase una de las mejillas contra la tierra, y con la otra me retiró el pelo a un lateral para observar mejor mi rostro, dejándolo al descubierto junto con mi cuello y mi oreja.
—Has dejado que perdiera a mi presa —susurró a mi oído con los dientes apretados, entre furioso y complacido por haberme atrapado, y sentí su respiración agitada—… y por eso vas a tener que remplazarla.
Su voz era la de mi amigo pero al mismo tiempo no era su voz. La alarma de que él no era mi Eithan se hizo más intensa, y por fin mi cerebro pareció desbloquearse y reaccioné.
Precisamente hacía unas semanas había ido con Mayrah a un cursillo intensivo de defensa personal para que las mujeres estuviéramos preparadas ante las posibles situaciones de ataque, como qué hacer cuando te agarran, cómo pegar un puñetazo, cuáles son los puntos débiles, cómo desasirse de alguien que te está asfixiando… Daba igual la altura, la constitución que tuvieras o si eras más o menos joven; si te atacan tienes que saber cómo reaccionar igualmente.
La sesión duró tres horas, estuvimos alrededor de una quincena de mujeres —Mayrah y yo las más pequeñas, pues el resto tenían entre dieciocho y veinticinco años— más las dos monitoras, Suzzane y Laurent, pero no llegamos a plantear la situación de que el atacante te empujase y te inmovilizase bocabajo. Si “Eithan” me hubiera tirado boca arriba habría sabido perfectamente qué hacer. Pero como no fue así, hice una de las cosas que mejor se me dan este mundo: improvisar.
Me moví, me retorcí, me doblé, culebreé, me contorsioné y me doblegué a su fuerza, haciendo todo lo posible para quedar medianamente libre, y aunque eso no le gustó nada a él, conseguí finalmente liberar uno de los brazos y me giré.
Fue el izquierdo, pero me dio igual; en estos casos tengo tan entrenado el puño derecho como el otro.
Le acerté en la nariz, rompiéndosela de tal forma que sentí cómo el hueso se desplazaba a medida que el dorso de mi mano impactaba en el lateral del tabique.
Él aulló de dolor y apartó la mitad de su cuerpo, permitiendo que sacase las piernas y así pudiera arrastrarme para ponerme de nuevo de pie y echar a correr en busca de ayuda.
Sin embargo, no me esperaba que se recuperase tan rápido.
Solo pude dar dos de esas brazadas que les obligan hacer a los militares en su entrenamiento antes de que él volviera a caer sobre mí y me inmovilizase de nuevo.
—No me hagas perder el tiempo… —siseó; el matiz de complacencia había sido sustituido por absoluta furia.
Grité con todas mis fuerzas, pensando que ya que no podía huir, al menos alguien oiría mis llamadas de auxilio. Él me tapó la boca rápidamente y me sacudió con violencia.
—Más te vale mantener la boca cerrada si no quieres que los monstruos se nos echen encima —efectivamente, oí que algo se movía en nuestra dirección, así que por una vez le hice caso y me callé—. Además, no hay nadie que pueda acudir en tu ayuda —añadió—. Aquí solo estamos tú y yo.
Volví a luchar contra él, pues el simple hecho de pensar en la palabra “Rendición” me reventaba, y esta vez él tomó la precaución de colocar mis brazos alzados sobre mi cabeza, manteniéndome, eso sí, bocabajo.
Entre unas cosas y otras me di cuenta de que él mismo se había recolocado el tabique, aunque su cara y sus manos estaban completamente cubiertas de sangre. Me pregunté cuáles eran las condiciones que obligan a un hombre a recolocarse a sí mismo un hueso, ignorando el dolor, para ir de nuevo a por una chica inocente. ¿Por qué no me dejaba ir?
—Eithan… —quería averiguar cuál sería su reacción, descolocarle, y aunque lo dije muy bajito, sé que me oyó porque me apretó más contra el suelo.
—Me llamo Athan, no Eithan.
Murmuró su nombre con aspereza, como si no estuviera acostumbrado a decirlo, y noté que se movía encima de mí.
Como solo utilizaba la mano derecha para inmovilizarme las muñecas, la otra la deslizó por mi costado, palpando mi cuerpo.
Me tensé instintivamente e intenté huir del contacto, con el corazón en la garganta.
—Tssss… Estate quieta…
Me di cuenta de que me estaba cacheando, como si buscara algún arma, y le debió de parecer curiosa mi camiseta mojada porque tironeó de ella, extrañado.
—¿De dónde has salido? —preguntó.
Harta de no tener ni idea de lo que estaba pasando, estuve a punto de replicar: «Al parecer no del mismo mundo de mierda que tú », pero se oyó un golpe sordo y en un abrir y cerrar de ojos se encontró desplomado sobre mí, completamente K.O.
Rápidamente me dispuse a quitármelo de encima. Pensé que le había golpeado la chica que era perseguida antes, que finalmente había vuelto en mi ayuda, pero cuál fue mi sorpresa al encontrarme a una mujer de mediana edad, con el pelo entrecano recogido en una tirante trenza de espiga que le llegaba hasta la última costilla, áspero y de color ceniza.
Me quedé sentada en el suelo, inmóvil, intentando adivinar si la mujer también me atacaría, y miré la piedra que sostenía en la mano derecha para después volver la vista a su rostro, así repetidas veces.
Tenía un porte aristocrático, era delgada y de huesos largos, metro setenta. Vestía con colores del bosque y botas militares. Sus ojos eran azul acerado, acuáticos, y por los rasgos de su cara se daba un aire a Milla Jovovich.
La mujer soltó la piedra, ladeando la cabeza, y me miró con seriedad. Noté que su vista me repasaba de arriba abajo, discurriendo por mis piernas desnudas, mi bikini, mi camiseta… hasta llegar a mis ojos.
—Eres del Otro lado del espejo, ¿verdad? —ella parecía más convencida que el tal Athan sobre mi procedencia. Hablaba en inglés, pero tenía un acento extraño…
—Lo único que sé es que estaba surfeando y he llegado a un… lugar que se parece a mi pueblo pero que es completamente distinto—respondí en el mismo idioma, poniéndome en pie; al menos ella parecía una persona civilizada —más o menos—.
—Así que es tuya la tabla atravesada por un hacha que hay allá —señaló por encima de su hombro, arqueando las cejas con sorpresa— y también supongo que conocías a su Alter Ego —señaló a Athan, que parecía muerto.
—¿A quién, a Eithan?
—Sí —asintió, pensativa—. A Eithan...
Sin añadir nada más, pasó a mi lado y se agachó sobre Athan. Agarró sus fuertes brazos detrás de su espalda, ató sus muñecas con unas bridas de plástico que había sacado de uno de los bolsillos de su pantalón y le abofeteó la cara para que recuperase la consciencia.
Antes de que lo consiguiera di un paso en su dirección para detenerla, nada dispuesta a que ese individuo, volviera recuperar el sentido.
—¡¿Pero qué haces?!
La mujer me apartó de un empujón y continuó con su tarea. Athan dejó escapar un gruñido.
—Mira, niña, empieza a acostumbrarte a que aquí las cosas funcionan de una forma distinta. —Me espetó—. Ya no estás en tu mundo. Has. Atravesado. El. Espejo. —Hizo una pausa entre palabra y palabra, como si estuviera tratando con una tonta—. Y aquí, en la superficie, nosotras somos las presas, y él es un cazador. Y aquí…
Sus palabras se quedaron en el aire, pues Athan había abierto los ojos de golpe e intentaba incorporarse, furioso.
—¡Hija de…
La mujer ni siquiera pestañeó cuando lo agarró del pelo, obligándolo a quedar postrado de rodillas entre ella y yo, como en esas posturas de ejecución de las películas… y de las no-películas. Athan apretó los dientes, aguantando el dolor, y resopló. Las aletas de su nariz se dilataron y temblaron y sus ojos quedaron clavados en mí, repletos de odio. Mi vista subió y bajó de la mujer a él, y me imaginé la fuerza que debía de tener ella para conseguir que esa mole de puro músculo se mantuviera con tanta facilidad bajo su control.
—Y aquí —continuó, como si no hubiera ocurrido nada o como si fuera exactamente eso lo que necesitaba para apoyar sus palabras—, un cazador cazado vale más que uno muerto.

14-01-15
Hubo una pausa, la suficiente como para que se escuchasen los sonidos del bosque, el chasquido de las ramas por el viento, el estremecimiento de las hojas en la oscuridad, los monstruos acechantes…
—¿Dónde estamos? 
     Intenté asemejarme a esas chicas fuertes de los videojuegos que no se dejan intimidar por ninguna situación, ya fueran atacadas por alienígenas, zombies o robots que intentan aniquilar el planeta, pero las palabras apenas fueron un susurro entre mis labios.
La mujer se dispuso a responder…
—En el Infierno —Athan fue más rápido, y por ello consiguió que los dedos de la mujer se cernieran con más fuerza en su cuero cabelludo, pero esta vez no se quejó, sino que soltó una carcajada ahogada.
—Has pasado al Otro lado del espejo —me explicó la mujer, suavizando el tono pero sin perder la seriedad—. Es el reflejo del mundo del que procedes… Todo es igual pero todo es diferente. Puede que te encuentres los edificios que ya conoces devastados, abandonados, cubiertos de polvo o convertidos en aquello que nunca, ni en tus peores pesadillas, habrías podido imaginar. También te encontrarás con los Alter Ego de tus seres queridos o compañeros de clase, su “Otro Yo”, que no serán en absoluto como esperas que sean, puesto que se han criado en un mundo completamente distinto, salvaje. Aquí existen los monstruos de verdad, y si por algún casual te encuentras con tu Alter Ego, no tendrás otra opción de matarlo.
Lo único que pude responder fue:
—¿Qué?
La mujer sacudió la cabeza, exasperada, y el cazador continuó mirándome con odio desde el suelo.
—Te lo explicaré todo por el camino. —Concluyó, obligando a Athan a levantarse—. Ya hemos perdido mucho tiempo y es peligroso estar en el bosque de noche, sin movernos.
—¿Y a dónde se supone que vamos? —me puse en movimiento tras ella, sin saber qué más hacer.
—A un lugar seguro…
—¿Después de tanto tiempo buscando vuestras madrigueras me vas a llevar a una así por así? —preguntó Athan, intentando volverse hacia su captora; su timbre de voz denotaba que le había sorprendido.
—Descuida: te cortaremos la lengua, las manos y los pies en cuanto lleguemos, para que no puedas ni escapar, ni escribir ningún mensaje y mucho menos hablar. Aún no hemos llegado y ya me estoy hartando de oírte.
Athan gruñó algo entre dientes, pero al menos dejó de resistirse con tal de entrar en donde fuera que se refería la mujer. Pensando que quizás se habían olvidado de mi presencia, decidí intervenir de nuevo:
—Ejem… —carraspeé—. ¿Y no hay ninguna forma de que vuelva…
—NO —negó la mujer antes de que pudiera siquiera acabar mi pregunta.
—Al menos, si voy a ir contigo explícame lo de los Alter Ego —le pedí—. ¿Por qué él…?
—¿…se parece a tu querido Eithan? Éste —le agarró de un brazo para que girase a la derecha— es su Otro Yo. Podríamos decir que su reflejo en este mundo. ¿Acaso nunca has oído lo de que todos tenemos un doble?
—Sí, claro, pero…
—Seguro que te suena la teoría de Platón sobre que toda persona tiene su doble negativo, un “hermano oscuro” o “anti-yo” que, si tienes la mala fortuna de encontrarlo, tendrás que luchar contra él hasta que uno mate al otro, pues no hay sitio en el Universo para ambos. —La mujer ladeó levemente la cabeza sobre su hombro para mirarme, pero como no hice ningún comentario, resopló y añadió—: Aquí pasa exactamente eso.
Mis reflejos me salvaron de darme contra una rama; estaba tan atenta a lo que me explicaba la desconocida que apenas me daba cuenta de lo que había a mi alrededor. ¿Luego cómo volvería a la playa? En aquel bosque era imposible orientarse…
—Entonces, Athan… es su doble.
—O Eithan es el doble de él. Eso no está muy claro. La cuestión es que si ambos se encontrasen, deberían matarse entre ellos para que uno pudiera sobrevivir.
—No, la cuestión es —el cazador se giró de pronto para mirarnos a la cara, deshaciéndose del agarre de su captora por un instante—: ¿ese tal Eithan y tú sois novios? Porque en ese caso, accedo a mis privilegios como Alter Ego e invoco mi derecho a hacer lo que quiera con ella —me señaló con una sacudida de cabeza, dirigiéndose a la mujer—. Al fin y al cabo, es mi presa.
Se relamió como un lobo hambriento, y su amenaza habría surtido efecto de no ser porque, al caminar de espaldas, se chocó contra la pared de un edificio que había salido de la nada, perdiendo consistencia en sus palabras.
—Aquí está, una de nuestras madrigueras —sonrió por primera vez la mujer, mientras volvía a agarrarlo para que se diera la vuelta y continuase el camino por donde ella le indicaba—. Andando.
Cada vez más confusa, frustrada, incómoda, nerviosa, alarmada, preocupada… ¡y todos los adjetivos que queráis añadir a la lista que puedan indicar mi malestar!, los seguí.
Habíamos llegado a unas instalaciones que aparentaban estar completamente abandonadas, con la vegetación pegada a sus paredes y el moho supurando en las grietas de muros que estaban a punto de derrumbarse los unos sobre los otros como fichas de dominó.
Pude comprobar que había varios edificios que me resultaban vagamente familiares, pero no sabía indicar el por qué, no de momento.
A medida que avanzábamos comprobé que parecían disponerse en círculo. Pasamos al lado de uno, de dos, tres… Entre el tercero y el cuarto nos internamos en lo que parecía una plaza semicircular en un estado lamentable, con mesas de picnic ajadas e incompletas como si les hubieran pegado bocados a la madera, e intenté imaginármela sin todas aquellas plantas trepadoras y árboles que me impedían compararlo con nada que yo conociera.
—Esta zona la hemos rastreado una y otra vez —gruñó entre dientes Athan, mirando a todos lados con el ceño fruncido y una expresión de ¿confusión?— y nunca hemos encontrado nada. ¿Qué pretendes trayéndonos aquí?
En esa duda coincidía con él.
—Demostrarte lo estúpidos que sois los cazadores —replicó la mujer, golpeándolo—. ¡No te pares y mira hacia delante!
Continuamos la marcha y accedimos en el edificio paralelo a los que habíamos dejado atrás. Los cristales de las puertas estaban desperdigados por el suelo, hechos añicos, igual que mi estado de ánimo.
—Ahora ten cuidado con los cristales —se dirigió hacia mí la mujer, mirándome las piernas y los pies desnudos— esto…
—Crystal.
Al principio no pareció caer en la cuenta de que ese era mi verdadero nombre, pero al cabo de los segundos terminó riéndose de la afilada coincidencia.
—Oh, Crystal… ¿Y eres de…?
—Soy española —respondí, mordaz—, pero llevo diez años viviendo en Byron Bay. ¿Y tú eres…?
—Ya casi hemos llegado.
Por momentos desconfiaba más de ella. «¿Qué escondía para no querer presentarse?», me pregunté. ¡Si hasta Athan lo había hecho!
Justo en el momento en el que iba a replicar, la pintura descascarillada de una de las paredes me indicó dónde me encontraba, y las imágenes de ambos mundos se superpusieron en mi mente.
Los colores que resaltaban en el escudo eran el azul, el gris y el blanco. Más o menos en el centro, se encontraba desdibujado el faro representativo de la ciudad, encerrado en un círculo que se encontraba dentro de otro círculo y de un tercero, como si fuera el centro de una diana.
Daba la sensación de que el faro estaba encendido, pues dos líneas eran despedidas desde su cumbre a derecha e izquierda, partiendo el emblema en cuatro franjas desiguales. En la de arriba, aún se podían apreciar las letras B.B.H.S, curvadas sobre el arco del círculo exterior. En la franja de la derecha, el libro y el compás que recordaba haber visto día tras día en ese mismo lugar habían desaparecido por completo, mientras que en la de la izquierda aún se apreciaba las ondulaciones que semejaban un mar y una figura grisácea con ademán de nadar a crawl. En la última franja, la más grande, alguien había tachado las dos manos que se estrechaban, como si en esta realidad fuera imposible el compañerismo, la ayuda entre seres humanos, y el lema que estaba escrito en la cenefa: «The future is ours» («El futuro es nuestro») había sido modificado por: «The future is lost» («El futuro está perdido»)
—Estamos en mi instituto —conseguí articular. No me lo podía creer… ¡Era cierto! Había pasado a otro mundo, a un reflejo de la realidad que yo conocía.
—No, éste ya no es tu instituto.
La mujer —todavía desconocida— apremió nuestra marcha; según ella seguíamos sin estar en un lugar seguro. A medida que andábamos, recorriendo los pasillos que en mi día a día recorría, atravesando aulas completamente derruidas, destrozadas, una sensación horrible me oprimía el pecho; acababa de pasar de conocerlo todo, a no conocer nada; a encontrarme réplicas malvadas de mis amigos; a enfrentarme contra monstruos
Llegamos al “gimnasio”, que ya no era ningún gimnasio, y la mujer nos condujo hasta a uno de los laterales de la estancia.
—Ahora, si te estás quieto, permitiré que mis compañeros utilicen la forma más rápida y menos dolorosa de amputarte las manos, los pies y la lengua, ¿entiendes? —la mujer obligó a Athan a arrodillarse de nuevo.
El cazador se mostró reticente al principio, pero al final se dejó hacer; al observarlo, me di cuenta de que estaba ansioso por descubrir qué iba a hacer la mujer. Por esa razón yo también desvié mi atención hacia ella.
La mujer se movía de una forma casi ritual ante nosotros, pasando las manos por la superficie irregular del suelo, respirando con calma y con la mirada concentrada. La trenza le caía sobre el pecho izquierdo, y los músculos de los brazos se le tensaron cuando introdujo las manos en una grieta y empezó a tirar hacia arriba.
Entonces el suelo se abrió, dando paso a unas escaleras.
—Entrarás tú primera, Crystal. Luego irá él, y por último yo.
Sin embargo, me quedé quieta en el sitio.
—Aunque entre, seré libre de salir cuando quiera, ¿verdad? Quiero volver a mi mundo, reencontrarme con mis seres queridos —repuse, determinante.
Tenía un nudo de preguntas atascado en mi interior. ¿Qué iba a pasar con mi familia? Acababa de desaparecer de sus vidas… ¿quizás para siempre? ¿Qué pensarían mi madre, mi padre y mi hermana que me había sucedido? ¿Y Eithan? ¿Y Mayrah? ¿Los volvería a ver?
Mientras esperaba la respuesta de la supuesta mujer que me había salvado la vida, me vino a la cabeza una canción que se ajustaría perfectamente con la situación…




The Pretty Reckless: Under the water 






—Nunca se es libre por completo —contestó finalmente la mujer, mirándome con tristeza—. Pero descuida, de eso hablaremos más adelante.
Por un momento tuve la misma sensación que cuando Eithan me había rechazado, como si el mar me tragase.
Sin embargo, esta vez me tragué yo el mar.
—Está bien… —accedí, descendiendo por la trampilla, notando los dos pares de ojos clavados en la nuca.
Las escaleras eran de madera, pero no estaba húmeda y parecía, al menos, mantenerse entera. «Una escalera sólida en medio del caos», pensé. Las paredes de piedra eran negras y no veía nada en la oscuridad, pues la mujer había vuelto a cerrar la trampilla tras nosotros.
Oía la respiración de ambos a mi espalda, cada uno de sus movimientos, el roce de su ropa, del cuero de sus botas con el suelo…
—¿Ada? —preguntó una voz femenina en lo que supuse que sería el final de la escalera, y poco a poco la oscuridad fue disipándose; o al menos mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la poca luminosidad.
De pronto los escalones desaparecieron y me encontré de frente con una mujer de unos veinticinco años con la cabellera rapada y dos grandes ojos ambarinos que me miraron con sorpresa.
—¿ADA? —repitió, mientras daba un paso hacia mí y hacía ademán de ir a agarrarme.
«¡Ah, no! Otra vez no…» Me alejé de ella rápidamente, y por suerte justo en ese momento aparecieron Athan y la mujer.
—¡Taylor! —Exclamó ella—. Avisa a los demás. Tenemos visita —nos señaló a mí y a Athan con una sacudida de cabeza, a este último obligándole a seguir caminando.
—En seguida, Ada —afirmó con la cabeza repetidas veces—. ¿Convoco una reunión?
Ada negó con la cabeza.
—Diles a Ciaran, a Ángela y a Roch que acudan a la Sala de los silencios. Será una conversación breve; luego ya hablaremos todos en la hora de la cena y haremos las presentaciones pertinentes.
La tal Taylor desapareció por uno de los pasadizos de la sala en la que nos encontrábamos, asintiendo fervorosamente de nuevo y sin poder separar los ojos ni de mí ni de Athan. Las paredes, talladas en piedra, eran lisas y divergían en distintos pasillos que parecían introducirse en las entrañas de la tierra. Tuve la impresión de haberme metido de cabeza en mi propia tumba.
—Vamos.
Ada nos indicó que nos introdujéramos en uno de los pasillos de la izquierda.
Caminamos durante lo que a mí me pareció una eternidad, evitando otras salas y teniendo que pasar por oquedades tan estrechas que Athan casi no cabía, aunque eso a la mujer no le importó.
Cuando llegamos a nuestro destino, ya nos estaban esperando las tres personas que Ada había mandado que avisase Taylor, así que atribuí el rodeo que acabábamos de dar por los pasillos subterráneos no solo para evitar dar un espectáculo, sino para hacer tiempo.
—¡Has atrapado a un cazador! —exclamó uno de los hombres en cuanto nos vio llegar. Era alto, fornido, y con una constitución que parecía un toro. Sonrió, dejando ver una hilera de dientes retorcidos y amarillentos.
—Salí a hacerlo, y cumplí mi palabra, Roch —afirmó Ada, no sin cierto orgullo en la voz.
Eché un vistazo rápido a mi alrededor y al resto de los presentes.
La sala era irregular, sin paredes con esquinas delimitadas, ni cuadrada, ni circular… Indefinida. La composición de la roca parecía haber cambiado con respecto a la de la primera sala, pero no pude determinar de qué clase era. Allí el ambiente era frío, de un frío seco, de ese que te atraviesa los huesos, y la única iluminación provenía de unas lámparas de aceite.
La única mujer —Ángela, supuse—, era bajita, gruesa, y mostraba el cabello chocolate largo hasta la cintura. Tenía un lunar cerca de la comisura izquierda de la boca y cara de pocos amigos.
El otro hombre —Ciaran—, era espigado, delgado, con unas facciones amigables y el pelo rubio pelirrojo. No se molestó en disimular el repaso que me dio de arriba abajo.
—¿Y quién es ella? —preguntó Ángela, con recelo, seguramente adelantándose a su compañero.
—Se llama Crystal —contestó Ada— y tiene una larga historia que contarnos durante la cena. La verdad es que os he hecho llamar simplemente para que vosotros dos os llevéis al cazador a los calabazos y para que tú, Ángela, te encargues de proporcionarle ropa nueva y un lugar donde asearse…
—¿A una completa desconocida? —se hizo la ofendida, y me dieron ganas de pegarle una bofetada y de arrancarle ese lunar de la cara.
—Sí, a una completa desconocida —Ada repuso con sequedad y una voz autoritaria—. Hazlo. Tú  también estuviste en su lugar hace tiempo, así que no seas hipócrita.
Ciaran y Roch, aguantando la risa, agarraron a Athan uno de cada lado y lo arrastraron por otro pasillo diferente. Athan se dejó, con una mirada extrañamente tranquila que, sin embargo, se alejaba de la sumisión; era como si se reservase el momento de volver a atacar.
—¿No le van a cortar nada, verdad? —pregunté en cuanto se perdieron de vista, sin poder evitar preocuparme.
—¿A qué se refiere, Ada? —inquirió Ángela, despectiva.
—Descuida, aquí se tratan bien hasta a las bestias —se limitó a contestarme Ada, ignorando a la otra, que captando el mensaje se dirigió a otro de los infinitos pasillos que había en ese lugar para esperarme—. Sin embargo, empieza a pensar que él no es la persona que conociste.
Me sostuvo la mirada, y el color de nuestros ojos pareció chocar como el filo de dos espadas.
—Ahora —continuó—, ve con Ángela; aunque de primeras no parezca una persona muy agradable, es una de las más indicadas para ayudarte a superar lo que estás viviendo en estos momentos.
—¡Espera! —la detuve, pues ya empezaba a retroceder—. No estoy atada a este lugar para siempre, ¿verdad? Se puede escapar.
Ada me sostuvo la mirada.
—Nos veremos a la hora de la cena.



No hay comentarios:

Publicar un comentario